Un día ideal en un mundo sin distancias

por Eva

A todos los viajeros nos encantaría que existiera el teletransporte para poder ir a donde quisiéramos con un simple chasquido de dedos. Pero, ¿alguna vez te has parado a pensar que harías si pudieras teletransportarte a cualquier momento en cualquier lugar? Aquí os cuento cómo sería mi día ideal en un mundo sin distancias:

Son las seis de la mañana. Apago el despertador, salgo de la cama y abro la puerta de mi tienda y habitación. A mi alrededor, kilómetros y kilómetros de arena. ¿Dónde estoy? En el desierto del Sáhara. Concretamente, en Erg Chebbi, Marruecos. Me subo a una duna y me siento a esperar. No hay mejor forma de empezar un día ideal por el mundo que viendo el amanecer desde la calma y la belleza del desierto más grande del mundo.

El sol ya ha salido y para que mi cabeza se despeje al completo, toca un buen contraste: Nueva York. Aparezco en el bullicio de la gran ciudad para tomarme un café americano por la calle mientras miles de personas caminan de un lugar a otro. Llego caminando al emblemático Museo de Historia Natural: nada como un poco de cultura de buena mañana.

Tras un par de horas entre esqueletos de dinosaurios, cambio de gran ciudad. Me presento en el cruce de Shibuya, en Tokio, el paso peatonal más transitado del mundo. Pantallas, carteles luminosos, gente en todas direcciones pero con un orden que no sé de dónde sale… cruzo sin chocarme con nadie y cojo el metro (no hay que abusar del teletransporte): me voy a visitar el impresionante templo Sensoji.

 

Llega la hora de comer y no dudo en ningún momento de hacia dónde dirigirme. Estoy en el Val d’Orcia, en la Toscana, en una pequeña aldea donde hacen unos platos de pasta para chuparse los dedos. Como con la tranquilidad que la gastronomía italiana se merece y, de postre, un buen gelato con vistas al apacible paisaje toscano.

El Sudeste Asiático hace rato que me está llamando, y no voy a hacerle esperar más. Me planto en el templo Pura Besakih de Bali y me apunto a una clase de yoga rodeada de naturaleza. De ahí me voy a los arrozales de Vietnam, por donde hago una pequeña ruta aunque me haya pillado un poco de lluvia.

Se acerca la hora de merendar, una comida que no puedo perdonar en un día así de movidito. Me voy al casco antiguo de Praga para comprarme un trdelník recién hecho y untado en crema de cacao. Atravieso el Puente de Carlos para sentarme en ese rincón de Mala Strana al que tanto fui durante mis meses viviendo en la ciudad.

Y como no hay kilómetros que valgan en un mundo sin distancias, vuelvo de nuevo a Asia. Doy un último salto en esta zona del planeta y me planto en Camboya, donde me pongo a correr detrás del sol por los Templos de Angkor, sintiéndome por unos momentos la auténtica Lara Croft.

Aún queda una hora de sol y hay muchos animales que estoy deseando observar. Así que llego a la sabana de Kenia con mis prismáticos y mi cámara de fotos para captar a los cinco grandes de África: el elefante, el rinoceronte, el león, el búfalo y el leopardo. Todos a ellos a una distancia más que prudencial y preparada para teletransportarme en caso de que alguna leona hambrienta me descubra.

Comienza a caer el sol, llega uno de los momentos más mágicos del día: el atardecer. Vuelvo bastante cerca de casa, ya que aparezco en la Playa Itzurun de Zumaia (País Vasco). Me siento a observar sus grandes flysch de millones de años y a dejarme embaucar por las tonalidades moradas y rosáceas del cielo, mientras el sonido de las olas me ayuda a parar un poco.

Y aunque ya sea de noche, aún podemos exprimir el día. Me monto en un bateau mouche del Sena para disfrutar de una deliciosa cena mientras observo el París iluminado. Me doy un paseo por Montmartre, me quedaría más, pero está bien pasar por casa de vez en cuando, así que a media noche me vuelvo a Valencia para tomarme una copa en el Carmen: su casco antiguo, donde edificios históricos se entrelazan con terrazas de bares.

Después de un día así de completo hay que descansar bien. Y no hay nada que me relaje más que unas buenas vistas. Así que entro a mi habitación en un rascacielos de Singapur: las luces del Marina Bay y sus jardines me acompañarán esta noche. Me voy a dormir ya, que mañana me voy a pasar todo el día recorriendo América Latina: Perú, México, Colombia, Brasil… bueno, quizás me quede dos días. ¡Buenas noches!

La imagen de portada de este artículo es en el Charyn Canyon, Kazajistán. Ese destino lo tengo planeado para la semana que viene.

 

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2 comentarios

Luz E. 10/12/2019 - 3:28 pm

Me encanta como escribes, enhorabuena 🙂

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Eva 10/12/2019 - 3:46 pm

Muchas gracias, me alegro un montón 😊😊

¡Un saludo!
Eva

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